Relacionándonos con Dios al encontrar nuestra identidad en Cristo

En 1956, Elisabeth Elliot recibió una noticia capaz de quebrantar una vida humana. Su esposo, Jim Elliot, junto con otros cuatro misioneros, fue atravesado por lanzas mientras intentaban llevar el evangelio al pueblo huaorani en Ecuador. Elisabeth quedó viuda a los veintinueve años, con una hija de diez meses y un futuro repentinamente cubierto de dolor. Sin embargo, lo que más resalta en su vida no es solamente la tragedia que soportó, sino la identidad desde la cual vivió. En sus diarios escribió: “El secreto es Cristo en mí, no yo en un conjunto diferente de circunstancias.” Su identidad no estaba anclada en ser esposa, madre, misionera o incluso viuda. Estaba anclada en su unión con Cristo: en quién Él es, lo que Él ha hecho y quién era ella en Él.

En lugar de retirarse, Elisabeth regresó a vivir entre la misma tribu que había matado a su esposo. No porque fuera sobrehumana, sino porque su identidad no dependía de las emociones, los logros o la seguridad terrenal. Estaba cimentada en la presencia de Cristo. Con frecuencia hablaba de la libertad que surge al rendir la pregunta “¿Quién soy?” a la verdad más profunda de “¿De quién soy?” Su vida ilustra lo que Jesús enseña a Sus discípulos en Juan 15: “Permaneced en mí, y yo en vosotros… porque separados de mí nada podéis hacer” (Jn. 15:4–5). Permanecer en Cristo es ubicar el núcleo más profundo de nuestra identidad no en nuestros éxitos, fracasos, roles o heridas, sino en Aquel que sostiene nuestra vida. De la misma manera, Pablo recuerda a los creyentes que su vida está “escondida con Cristo en Dios” (Col. 3:3) y que son “nueva creación” en Él (2 Co. 5:17).

La historia de Elisabeth Elliot nos invita a salir de la confusión, la inestabilidad y las identidades auto-construidas que con tanta frecuencia moldean nuestras vidas. Su ejemplo nos llama de vuelta a la realidad firme y anclada de quiénes somos porque pertenecemos a Cristo. Para vivir en esa verdad, debemos comprender lo que los teólogos han llamado durante siglos el “doble conocimiento”: el conocimiento de Dios y el conocimiento de uno mismo, una idea central para el verdadero discipulado. En su obra clásica Conociendo a Dios, J. I. Packer utiliza una ilustración para iluminar esta necesidad. Describe lo cruel que sería dejar a un indígena amazónico en medio de Trafalgar Square y esperar que pudiera orientarse por sí mismo.

La analogía sirve como un recordatorio contundente de que nosotros también estamos perdidos y abrumados cuando intentamos vivir en el mundo de Dios sin conocer verdaderamente al Dios que lo creó. Packer escribe: “Somos crueles con nosotros mismos si intentamos vivir en este mundo sin conocer al Dios de quien es el mundo y quien lo gobierna. El mundo se convierte en un lugar extraño, loco y doloroso, y la vida en él en una experiencia decepcionante y desagradable para quienes no conocen a Dios.” Permanecer en Cristo y encontrar nuestra identidad en Él debe ser lo más constante que hagamos como creyentes. Consciente e inconscientemente, toda nuestra realidad debe estar tan cautivada por la gracia, la misericordia, la bondad y el amor de Dios, que vivamos con completa valentía y libertad, confiando en que Sus palabras son verdad, que Él es soberano, poderoso, y que ha prometido estar con nosotros siempre, hasta el fin del mundo (Mt. 28:20). Pero ¿cómo se ve esto en la práctica? ¿Qué significa permanecer, vivir cautivados por Dios en cada aspecto de nuestra vida?

Aplicación práctica

Creciendo en Nicaragua, cuando alguien me preguntaba: “¿Cómo estás?”, instintivamente respondía: “Bien, gracias a Dios.” Era simplemente parte de nuestro lenguaje cotidiano. ¿Cómo estás? Bien, gracias a Dios. ¿Terminaste la tarea? Sí, gracias a Dios. ¿Llegaste a tiempo? Sí, gracias a Dios. Esas tres palabras, “gracias a Dios”, se añadían a casi cualquier respuesta cotidiana. Con el tiempo, se volvieron tan comunes que poco a poco perdieron su significado.

Nunca me di cuenta de cuán automática era esta costumbre hasta que me mudé a los Estados Unidos, donde terminar cada respuesta con “gracias a Dios” se sentía extraño e incluso fuera de lugar. Al reflexionar, comprendí algo más profundo: aunque decía esas palabras constantemente, en realidad no estaba permaneciendo en Cristo ni viviendo en una sumisión consciente a Él en mi vida diaria. Mis palabras eran un reflejo automático, no una expresión del corazón.

Este contraste me recordó que permanecer en Cristo y anclar nuestra identidad en Él no ocurre por accidente ni por hábito cultural. Requiere intención, atención y una reorientación constante. La gratitud es sin duda una manera significativa de permanecer y afirmar nuestra identidad en Cristo, pero es solo una parte de una postura espiritual mucho más amplia. Permanecer exige más: un giro continuo del corazón hacia Cristo, un recordar diario de quiénes somos en Él, y una integración deliberada de Su verdad en los ritmos ordinarios de la vida.

Gratitud

La gratitud es una de las prácticas más sencillas y, a la vez, más transformadoras para anclar nuestra identidad en Cristo. Cuando reconocemos intencionalmente que todo lo que tenemos, nuestro aliento, nuestras relaciones, nuestras fuerzas, nuestros dones espirituales y, sobre todo, nuestra salvación, proviene de la mano graciosa de Dios, somos reorientados lejos de la autosuficiencia y hacia la dependencia. La gratitud despierta humildad. Entrena al corazón a decir: “Nada de lo que tengo es producto propio; todo es gracia.” Cuando Pablo pregunta: “¿Qué tienes que no hayas recibido?” (1 Co. 4:7), derriba cualquier ilusión de que nuestra identidad se construye sobre nuestros logros. La gratitud nos mantiene unidos a la verdad de que pertenecemos a Cristo porque Él nos amó primero, no porque ascendimos hacia Él. Al practicar conscientemente la gratitud, especialmente por el milagro de nuestra redención, nuestras almas aprenden a descansar en la identidad que Cristo nos ha dado, y no en las identidades que intentamos construir.

Vivir como cristianos

Permanecer en Cristo significa permitir que la vida de Cristo fluya a través de nosotros de maneras tangibles y visibles. La vida cristiana no es simplemente un sistema de creencias; es una forma de ser moldeados por el carácter mismo de Dios. Cuando practicamos la generosidad, la bondad, la paciencia, el perdón, la hospitalidad y la gracia, encarnamos los atributos que Dios ha revelado de Sí mismo. Estas acciones no son un esfuerzo moralista de auto-mejora; son el fruto de permanecer. Jesús dijo: “El que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto” (Jn. 15:5). La vida de Cristo produce el fruto de Cristo. Al imitarlo, reflejando Su compasión hacia los vulnerables, Su misericordia hacia los pecadores, Su ternura hacia los débiles y Su verdad expresada en amor, somos formados a Su imagen. Al vivir de esta manera, reafirmamos que nuestra identidad no se encuentra en lo que logramos, sino en Aquel a quien seguimos.

Predicarnos el evangelio a nosotros mismos cada día

Uno de los hábitos más vitales para permanecer en Cristo es predicarnos el evangelio diariamente. Somos personas olvidadizas, propensas a deslizarnos hacia el rendimiento, la culpa, el orgullo o la desesperanza. Cuando recordamos intencionalmente quiénes éramos antes, muertos en nuestros pecados, esclavos de la carne, sin esperanza, y quiénes somos ahora en Cristo, amados, perdonados, adoptados, redimidos y hechos nuevo nuestra identidad se estabiliza. Pablo llama constantemente a los creyentes a recordar su condición pasada (Ef. 2:1–6), no para avergonzarlos, sino para anclarlos en la gracia. El evangelio nos dice que nuestra identidad no está arraigada en nuestros fracasos pasados, nuestras luchas presentes ni nuestras metas futuras, sino en la obra consumada de Jesús. Predicarnos el evangelio diariamente confronta las mentiras que somos tentados a creer y las reemplaza con la verdad del amor y la aceptación de Dios. Esta práctica fortalece nuestra seguridad, impulsa la obediencia y profundiza nuestra unión con Cristo.

La vida de Elisabeth Elliot se presenta como un testimonio silencioso pero profundo de lo que significa permanecer en Cristo. Su identidad no estuvo anclada en las mareas cambiantes de la tragedia, el llamado o las circunstancias, sino en la realidad inquebrantable de que pertenecía a Jesús. Después de perder a su esposo por la violencia, de entrar en la tribu que le quitó la vida, de criar sola a su hija y de perseverar durante décadas de ministerio marcadas tanto por la belleza como por el sufrimiento, Elliot no construyó su vida sobre su propia fortaleza. La construyó sobre Cristo.

Al igual que Elliot, todos enfrentaremos temporadas en las que nuestras identidades auto-construidas se derrumbarán, cuando lo que hacemos, lo que logramos o lo que otros piensan de nosotros no será suficiente. Pero cuando nuestra vida está arraigada en Cristo, poseemos una identidad que el sufrimiento no puede erosionar, el pecado no puede destruir y las circunstancias no pueden redefinir. La gratitud, una vida semejante a Cristo y predicarnos el evangelio cada día no son hábitos pequeños; son los soportes que sostienen una vida que permanece.

Su historia nos llama a recordar esta verdad sencilla: quiénes somos no se define por nuestro desempeño, sino por nuestra unión con Cristo. Cuando aprendemos a vivir desde ese lugar, comenzamos a experimentar la libertad, la firmeza y el propósito que Dios desea para Sus discípulos. Que nosotros, como Elisabeth Elliot, aprendamos a descansar todo nuestro ser en Aquel que guarda nuestra identidad con seguridad.

Preguntas de discusión

  1. ¿Dónde buscas con mayor frecuencia tu sentido de identidad: en tus habilidades, relaciones, logros o fracasos?

  2. ¿Cuál de estas tres prácticas, gratitud, vivir como Cristo o predicarte el evangelio, te resulta más natural?

  3. ¿Cómo te ayuda el concepto de “doble conocimiento” (conocimiento de Dios y conocimiento de ti mismo) a relacionarte más profundamente con tu identidad en Cristo?

  4. ¿De qué manera sientes que Dios te está invitando a permanecer más intencionalmente en Él esta semana? ¿Hay un hábito o momento diario específico que podría ayudarte?

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